Fue una escapada a la sierra un domingo por la mañana, lejos del rugido de la ciudad. Comprobamos que el día amanecía claro y una carretera bastante despejada, al comenzar la subida hacia la sierra el aire ya olía a pino y llegando a la plaza del pueblo a café recién hecho procedente del único hotelito del lugar, donde desayunamos en su terraza una taza de café y unas tostadas con aceite.
Al inicio de una ruta ya conocida, un rayo de sol cruzaba la cabaña de madera de un vecino iluminando la calma del lugar. Una vez llegados al destino junto a un arroyo, quedamos descalzos sobre la hierba húmeda, el silencio solo lo rompía el discurrir del agua por el lugar, allí el tiempo al fin se detiene.
A media mañana dimos un paseo por aquel entorno maravilloso, para terminar dándonos un remojón antes de la comida, después de esta, un rato de descanso y otro chapuzón antes de regresar hacia el aparcamiento desde donde partimos a la ciudad con el ánimo renovado.

No la hacía así, la Sierra. Muy bonita.
ResponderEliminarY el desayuno descrito, una maravilla por su sencillez y entorno.
Saludos,
PODI-.
Qué maravilla. Un beso
ResponderEliminarCada vez me atraen más esos planes sencillos que no necesitan organizar nada especial. Salir unas horas, volver a casa y sentir que el día ha merecido la pena. Un abrazo.
ResponderEliminarUna escapada genial, Matías, el contacto con la Naturaleza es invalorable, un abrazo!
ResponderEliminarLa felicidad está en esas pequeñas vivencias.
ResponderEliminarUn abrazo.
Es cierto, la felicidad se encuentra en estas cosas sencillas.
ResponderEliminarUn abrazo, amigo
Matías:
ResponderEliminar¡seguro que te sentó de maravilla ese paseo!
¡Ojalá puedas repetirlo tantas veces como quieras!
Salu2.
Magnífica excursión para cargar las pilas.
ResponderEliminarUn saludo.