Me encuentro entre ese amplio grupo de ciudadanos que hoy nos sentimos políticamente huérfanos. Hace ya demasiados años que los partidos decidieron dinamitar el centro político para refugiarse en la radicalización y la polarización. Asistimos a un espectáculo público donde el respeto mutuo ha desaparecido; la confrontación violenta de discursos ha sustituido al debate de ideas.
Es alarmante ver cómo, para muchos de nuestros gobernantes, la ambición y el beneficio económico inmediato pesan más que el propio temor a la deshonra o a una pena de prisión. Si las futuras generaciones no toman las riendas para regenerar el sistema mediante leyes firmes que pongan freno a estos desmanes, caminaran hacia un callejón sin salida.
Quienes ya hemos recorrido muchas etapas de la vida sabemos bien que la condición humana alberga una preocupante capacidad para el egoísmo y la maldad cuando no existen límites institucionales. Por eso, el gran desafío del futuro próximo no será solo votar, sino aprender a elegir con criterio, exigencia y memoria a quienes pretendan dirigir nuestros destinos.