viernes, 26 de junio de 2026

Me lo volvieron a contar.

 

Mateo entró en una pajarería buscando un loro que hablara hasta por los codos; la soledad de su casa lo estaba volviendo loco. El dependiente, señalando un ejemplar de plumaje impecable, le aseguró:
—Llévese este. No calla ni debajo del agua.

Mateo, ilusionado, lo compró. Sin embargo, durante los dos meses siguientes, el pájaro no dijo ni pio. Mateo se pasaba las horas frente a la jaula suplicando: "¡Habla, lorito, habla!", pero el animal solo lo observaba con ojos fijos y analíticos. Desesperado y con los nervios de punta, Mateo terminó perdiendo los papeles. Agarró al loro por el pescuezo y sacudiéndolo le gritó con furia:
—¡Di algo, desgraciado! ¡Di algo!

El loro no se inmutó.

 A la mañana siguiente, Mateo fue al corral a alimentar a sus siete gallos de pelea con el loro posado en el hombro. Harto de la indiferencia del ave, Mateo decidió que ya bastaba. Agarró al loro y lo lanzó sin piedad al centro del recinto. 

—¡Ahí te quedas! ¡A ver si estos te quitan la mudez! —rezongó, dándolo por muerto.

Una hora después, el remordimiento le carcomió la conciencia. Arrepentido por su crueldad, corrió al corral para rescatar lo que quedara del pobre pájaro. Al abrir la puerta, la boca se le desencajó de la impresión: seis de sus mejores gallos de pelea yacían inertes en el suelo, desplumados y sin vida.

En una esquina del corral estaba el loro, con el plumaje intacto, sujetando al séptimo gallo fuertemente por el cuello contra la pared mientras le gritaba:
—¡Di algo, desgraciado! ¡Di algo!