Ya han pasado 15
años desde el estallido juvenil del 15M. Un movimiento que nació como respuesta
a la crisis bancaria e inmobiliaria y por la incapacidad de un gobierno que no
supo gestionarla. A través de las redes sociales, miles de
"indignados" comenzaron a organizarse y a tomar lugares estratégicos de las ciudades.
De aquellas plazas
emergió un núcleo de jóvenes de extrema izquierda que logró canalizar el
descontento en un nuevo partido político. Su ascenso fue meteórico, logrando
una representación crucial en los parlamentos e incluso alcanzando el Gobierno
de la nación. No obstante, la mala gestión, la progresiva radicalización y los
errores internos de sus dirigentes terminaron por arrastrar la formación hacia
la irrelevancia.
Tres lustros
después, el panorama para la juventud es aún más desolador. El acceso a la
vivienda sigue vetado, la inflación devora el poder adquisitivo y la clase
media está en vías de extinción. Para garantizar una vida digna, los salarios
actuales deberían subir al menos un 50%. Sin embargo, tras el amargo desenlace
de aquella experiencia, parece improbable que un movimiento similar vuelva a
cuajar con éxito.
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