Mateo entró en una pajarería
buscando un loro que hablara hasta por los codos; la soledad de su casa lo
estaba volviendo loco. El dependiente, señalando un ejemplar de plumaje
impecable, le aseguró:
—Llévese este. No calla ni debajo del agua.
Mateo, ilusionado, lo
compró. Sin embargo, durante los dos meses siguientes, el pájaro no dijo ni
pio. Mateo se pasaba las horas frente a la jaula suplicando: "¡Habla,
lorito, habla!", pero el animal solo lo observaba con ojos fijos y
analíticos. Desesperado y con los nervios de punta, Mateo terminó perdiendo los
papeles. Agarró al loro por el pescuezo y sacudiéndolo le gritó con furia:
—¡Di algo, desgraciado! ¡Di algo!
El loro no se inmutó.
—¡Ahí te quedas! ¡A ver si estos te quitan la mudez! —rezongó, dándolo por muerto.
Una hora después, el
remordimiento le carcomió la conciencia. Arrepentido por su crueldad, corrió al
corral para rescatar lo que quedara del pobre pájaro. Al abrir la puerta, la
boca se le desencajó de la impresión: seis de sus mejores gallos de pelea
yacían inertes en el suelo, desplumados y sin vida.
En una esquina del corral
estaba el loro, con el plumaje intacto, sujetando al séptimo gallo fuertemente
por el cuello contra la pared mientras le gritaba:
—¡Di algo, desgraciado! ¡Di algo!
Muy divertido.
ResponderEliminarUn abrazo.
jjejej, que no hablaba, decía.
ResponderEliminarpodi-.
Hola Matias, buenisimo, no hablaba pero madre mia jeje
ResponderEliminarBesos.
Menudo pájaro el loro.
ResponderEliminarSaludos.
Después de la semanita de noticias que llevamos de otros gallineros, un rato de humor como este sienta de maravilla. Un abrazo.
ResponderEliminarCaray con el loro. Un beso
ResponderEliminar