miércoles, 19 de julio de 2017

En un pueblo cualquiera

No eran mas de cuarenta vecinos, Pepe era el dueño del bar, tenía tan pocos parroquianos  que necesitaba pluriempleo, era también el alguacil y el enterrador, aunque este ultimo trabajo apenas le era productivo, ya que cobraba por objetivos y por desgracia para él, sus habitantes eran gentes muy longevas.
Mientras cerraba el bar, Pepe le dijo a Toño - he tenido un día muy duro arreglando el sobrao,  -voy corriendo a tirarme a la bartola- y Toño que era un poco cortito, entendió que iba rapidito a fornicar con una  amiga suya de un pueblo vecino.

Toño era pastor, solo bajaba al pueblo después de las nueve de la noche cuando cerraba el aprisco, era cuarentón, un poco rudo y no muy agraciado, seguía soltero aunque de mozo, le tiró los tejos a la hija de D. Severino que era un hacendado del lugar, dándole esta unas severas calabazas, desde entonces ha quedado muy escaso en asuntos amorosos.

Leandro el maestro tenía mas suerte, cobraba del ministerio solo por educar a seis alumnos,  tres niños y tres niñas, pero estaba en la cuerda floja, si no paría pronto alguna vecina cerrarían la escuela, el ponía de su parte, estaba en boca de todos que se trajinaba a la Manuela a escondidas de su padre, un campesino con malas pulgas que  ya estaba con la mosca tras la oreja.
 

La fiesta del pueblo era un poco atípica, aunque de costumbres religiosas muy tradicionales
, a mediados de agosto celebraban el patrón, después de la misa y con San Roque a hombros de los mozos mas fornidos, recorrían el pueblo en procesión  detrás de Raimundo el tamborilero.


Terminada la romería, se ponían guapos a vinos y cervezas antes de reunirse en la comilona, eso si, divididos en dos bandos, el motivo era que medio pueblo estaba en disputa con el otro medio por motivos de las lindes y por envidias cochinas. 

Una parte del pueblo iba a una portada donde preparaban un guiso de liebre con papas, liebres que traía Braulio “el furtivo”, era el mejor cazador de la comarca  aunque la benemérita le vigilaba con tesón al ser tiempo de veda.
 

La otra mitad del pueblo iba al bar de Pepe, que les preparaba una caldereta, con un hermoso cordero que traía Toño de su rebaño, terminando el atracón se ponían hasta las trancas de aguardientes  licores y combinados varios.

El baile empezaba sobre las nueve de la noche en la plaza, la mayoría de los vecinos iban  con mas alcohol que sangre en el cuerpo, el baile lo amenizaba Oscar, el alcalde, con un acordeón que heredó de su difunto padre que manejaba con soltura, lo que mejor se le daban eran los tangos y pasodobles, aunque también tenia en el repertorio varias canciones punteras como Me lo dijo Perez o el porompompero.

Pero raro era el año que no había una gresca multitudinaria que comenzaba con los mas gallitos de los dos bandos enfrentados, aunque nunca llegó la sangre al río  gracias a la rápida intervención de los pacificadores que aun recibiendo algún mamporro conseguían hacerse con la situación.

A la mañana siguiente  con resaca o sin ella, vuelta a la normalidad, Pepe abre su bar, Toño va con sus ovejas hacia un monte cercano, Oscar, el alcalde abre la herrería y Leandro el maestro, cargaba las maletas en su cuatro latas, para retomar sus largas vacaciones estivales en su pueblo natal, mientras la Manuela,  observaba desolada su marcha desde su ventana.

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, pero… quien sabe.